Tu segunda piel: la proxémica

¿Alguna vez te sentiste incómod@ porque algún desconocido se te sentó demasiado cerca o alguien, incluso alguien que conoces, se te puso a hablar a centímetros de tu cara?

Nos ha pasado a todos y no es algo imaginario: el espacio personal es real. La proxémica funciona.

Y no solo es real, es necesario para poder interactuar con normalidad.

Mantener las correctas distancias interpersonales en cada situación es fundamental a la hora de entablar una adecuada comunicación, pues no se establece el mismo espacio personal en todas las conversaciones.

Según algunos autores como Edward Twitchell Hall o Allan Pease, las personas tenemos muy bien delimitados nuestros territorios.

Nuestras distancias

Se pueden diferenciar cuatro distancias o zonas:

Íntima, que puede ser en fase próxima de 0 a 15 cm. o en fase más lejana hasta los 45 cm., es la que utilizamos para entablar relaciones con personas más allegadas como familia, amigos íntimos o pareja, donde además se establece un contacto sensorial entre las personas, ya sea visual, auditivo, térmico o táctil.

Personal, que en fase próxima abarca desde los 45 cm. a los 75 cm. y en fase más lejana hasta los 125 cm., se utiliza para establecer un contacto sensorial entre las personas con cierta confianza, pero no tanto como en la distancia íntima. Es la que se suele utilizar en reuniones o en un entorno laboral o social.

Social es la que abarca desde los 1,25 a 2 metros en la fase próxima y hasta los 3,5 en la fase más lejana. Se da un contacto sensorial más débil y es la utilizada en conversaciones con personas ajenas a nuestro trabajo como un electricista que viene en un momento puntual, el cartero que no conocemos bien, un policía, ...

Pública es las que comprende desde los 3,5 hasta los 7,25 metros en fase próxima y en fase más lejana puede ser mucho mayor. El contacto sensorial ya es mínimo y es la que se suele dar en relaciones más formales como en conferencias, discursos o presentaciones.

El fenómeno se investiga

En su libro "The Spaces Between Us" (Los espacios entre nosotros) el psicólogo y neurocientífico de la Universidad de Princeton Michael Graziano explica que lo que llamamos espacio personal es en realidad algo similar a un campo de fuerza.

Graziano registró la actividad eléctrica de las neuronas del lóbulo frontal y parietal en cerebros de monos.

Se dio cuenta de que algunas neuronas no solo brillaban cuando los monos establecían contacto físico con un objeto, sino también cuando se aproximaban a él.

"Es un mecanismo básico que crea nuestro cerebro, sin el cual no podríamos funcionar en el mundo", le declaró a BBC Mundo.

Graziano y su equipo de investiqadores se dieron cuenta de que los animales se evitan unos a otros, en especial a los predadores.

"Actúan como si hubiera un espacio invisible que los rodea y cualquier cosa que entra en ese espacio es considerado una amenaza potencial, que lleva a que el animal retroceda", explicó Graziano.

Los primeros estudios en humanos, en la década de los 60 y 70, abordaron la cuestión desde el punto de vista psicológico. Pero no ha sido hasta hace unos años cuando la neurociencia se ha dado cuenta de que el espacio personal tiene un fundamento biológico.

Cómo funciona

Neurocientíficos como Graziano descubrieron que en el cerebro hay neuronas específicas que son responsables de vigilar el espacio alrededor de distintas partes de nuestro cuerpo.

La cara es la zona con mayor vigilancia: distintas neuronas protegen distintas secciones.

Le siguen los brazos.

¿Cómo sabe el cerebro cuando alguien ha invadido nuestro espacio personal?

No es por percepción extrasensorial.

"El sistema se basa en la información que llega a través de los sentidos, en especial la vista, incluso lo que vemos de manera inconsciente", afirmó Graziano en referencia a la visión periférica.

Pero el mecanismo también se activa con la memoria.

"Estudiamos ciertas neuronas que se encargan de vigilar los objetos que están cerca del cuerpo.

Luego apagamos la luz y vimos que incluso en medio de la oscuridad -e incluso si retirábamos los objetos- las neuronas protectoras seguían activas", señaló el experto.

Para ser menos torpes

Este mecanismo va más allá de garantizar nuestra seguridad e integridad física.

También es necesario para poder funcionar coordinadamente en el mundo.

Por ejemplo, sin esta segunda piel invisible que nos permite percibir aquello que nos rodea seguramente golpearíamos nuestros hombros contra el marco cada vez que atravesamos una puerta o no podríamos manejarnos en una oficina llena de objetos.

Según Graziano, los seres humanos directamente no hubiéramos podido desarrollar el uso de herramientas si no tuviéramos este sistema de monitoreo neuronal que nos ayuda a entender dónde están las cosas en relación con nuestro cuerpo.

Si bien todos nacemos con este concepto de espacio personal ya integrado -es decir, no es una conducta aprendida- los expertos han visto que puede ser modificado por diferencias culturales.

Eso explica, seguramente, por qué en los países latinoamericanos la gente se saluda y abraza más, una conducta que en muchos países sajones sería considerada una violación del espacio personal.

Es una opción personal

También la personalidad puede influir en cuán grande o pequeño es ese espacio personal.

Sorprendentemente, contra lo que podría sonar lógico, las personalidades más fuertes o aquellos de estatus más alto tienden a tener espacios personales más chicos.

El ejemplo perfecto es Donald Trump, "probablemente una de las personas con el espacio personal más pequeño en el mundo hoy", según Graziano.

El presidente de Estados Unidos ha sido criticado muchas veces por encimarse mucho a otras personas, violando sus espacios personales.

Según Graziano esa conducta muestra que el mandatario se siente muy seguro de sí mismo y no teme ser invadido por otros.

En cambio, las personas de carácter nervioso o de bajo estatus suelen necesitar mucho espacio a su alrededor para sentirse seguros.

El experimento

En su libro, Graziano cuenta cómo pudo rastrear el origen neuronal de lo que llamamos espacio personal.

Como ya hemos señalado anteriormente, lo hizo analizando el comportamiento de monos.

Con ayuda de un robot, colocó pelotas de ping pong a distintas distancias de los primates y así pudo ir identificando, una a una, las neuronas que se activaban con cada acercamiento.

Su trabajo permite entender un mecanismo que parece ser clave en nuestra interacción con el mundo.

Podría servir para ayudar a quienes, debido a problemas en su desarrollo, les cuesta procesar el espacio que los rodea y no pueden interactuar con objetos de manera coordinada.

Además, Graziano cree que esta información también podría ser muy útil en un mundo futuro en el que el ser humano convivirá con la inteligencia artificial.

"Si quieres construir un robot que tenga que llevarse bien con las personas tendrá que tener su propio espacio personal y, a su vez, entender el nuestro".

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