Tu cerebro no está diseñado para ser feliz

Decía Michel de Montaigne “Mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron.”

En los últimos dos millones de años, el volumen del cerebro humano se ha triplicado, un fenómeno que no se ha dado en ninguna otra especie del planeta.

Este desarrollo es debido, según estudios recientes, a la presión demográfica que obligó a la lucha por los recursos, y también a la formación de grupos sociales cooperativos.

Nuestro cerebro, producto de más de millones de años de evolución, está moldeado en orden a asegurar la supervivencia y no para alcanzar la felicidad.

Como cualquier ser vivo de este planeta, el objetivo biológico de la especie humana es sobrevivir: comer, reproducirse y no ser comido por otro depredador.

La ley suprema a la que responde el cerebro es única: mantenernos vivos.

Sin embargo, en pleno siglo XXI, parece que hemos olvidado este hecho y nuestro planteamiento como individuos se orienta a alcanzar la felicidad, sentir bienestar y vivir una vida plena.

Si consultamos el libro “Teoría del triuno” de Paul MacLean encontraremos un modelo basado en el desarrollo evolutivo, formado por tres componentes: un cerebro reptiliano, un Paleomamífero/límbico, y un Neomamífero/neocortical complejo.

El cerebro reptiliano controla los procesos de supervivencia como la defensa del territorio, la caza o una conducta sexual básica.

En el cerebro límbico radica el centro de conductas sociales como el cuidado de otros miembros, estatus… impulsos de deseo.

Y, por último, el cerebro más moderno,el neocortical , el que nos diferencia del resto de las especies, es el centro de los pensamientos y de los procesos intelectuales superiores, que nos permite recordar pasado e imaginar futuro.

Pese a que este modelo ha recibido numerosas críticas, se sigue aceptando en términos generales, y el desfase entre un cerebro primitivo reptiliano y un cerebro muy desarrollado como el neomamífero, es la fuente de muchas de nuestras dificultades y problemas.

Veamos algún ejemplo.

Si pensamos en nuestros ancestros, el fijarnos más en lo negativo que en lo positivo, era más adaptativo, ya que nos daba más posibilidades de sobrevivir.

Si estábamos ante un paisaje precioso, un lago cristalino, un cielo azul, pájaros hermosos y con un ruido extraño, lo más útil desde un punto de vista adaptativo era focalizar toda la atención en ese ruido, ya que posiblemente era un depredador que podía poner en peligro nuestra vida y había que activar el sistema defensivo para luchar por nuestra supervivencia.

Luego no es de extrañar que nuestro cerebro haya ido evolucionando en ese sentido.

Pongámonos ahora, en el siglo XXI en ese hermoso paisaje del lago cristalino.

Nuestro cerebro neocortical nos proporciona una extraordinaria capacidad para imaginación y la anticipación y aunque el riesgo sea mínimo o remoto, nos podemos encontrar con que nuestra mente se entretenga imaginando un sinfín de posibles peligros, produciéndonos una ansiedad y sufrimiento innecesario e impidiéndonos disfrutar de las sensaciones positivas que ese paisaje produce en nosotros en el presente.

En neurociencia se habla de la plasticidad cerebral o neuroplasticidad para referirse a lo moldeable que es la estructura y actividad del cerebro a lo largo de toda nuestra vida, por lo que todo se puede aprender.

El estudio de Maguire que analiza el desarrollo del hipocampo de los taxistas de Londres es una demostración de la capacidad de plasticidad de nuestro cerebro y de cómo somos capaces de desarrollar un talento a través del aprendizaje y con la ayuda de nuestro cerebro.

El estudio anterior es el comienzo del capítulo del libro “Serás lo que quieras ser” en el que he participado junto con otros autores (Valentín Fuster, Joaquín Lorente, Laura Rojas Marcos, Alex Rovira…).

El libro se apoya en una idea crucial: Los últimos avances científicos han demostrado que el ser humano es “plástico”, es decir, tenemos la capacidad de adaptarnos, de aprender y de superar las limitaciones de nuestro entorno.

Y ésta es una gran revolución.

Era sabido que las neuronas morían, pero los últimos hallazgos han demostrado que a lo largo de los años la red neuronal también se regenera.

De hecho, el cerebro “se hace día a día, en su sentido físico y químico, como resultado de la interacción que realiza con el medio ambiente en el que nace, crece y se desarrolla”, dice Francisco Mora, uno de los autores.

Cuando aprendemos o memorizamos algo nuevo, promovemos la síntesis de proteínas y moléculas que son los factores que permiten que las neuronas sobrevivan y nazcan nuevas sinapsis.

Todo lo anterior es apasionante, sin duda, porque echa por tierra nuestras excusas típicas a la hora de aprender un nuevo idioma o cambiar un comportamiento (y en esto somos expertos más de uno de quejarnos de no haber aprendido inglés cuando éramos niños y en nuestra dificultad de adultos).

La neurociencia ha comprobado que, si ponemos empeño, emoción y dedicamos tiempo, tiempo, tiempo… podemos crear nuevas conexiones neuronales (por supuesto es más fácil cuando somos pequeños pero, si no se pudo, no hay que tirar la toalla de mayores).

Si somos “plásticos”, el concepto de libertad y hasta de uno mismo cambia.

En la medida en que podemos ser arquitectos de nuestro propio cerebro, como diría Ramón y Cajal, somos capaces de influir en nuestra libertad futura.

Si aprendemos cosas en nuestro presente, tendremos más márgenes de actuación en el futuro.

Y aún más, si somos capaces de ir transformando la percepción que tenemos de nosotros mismos a través del aprendizaje, podemos cambiar nuestro propio concepto de “yo”.

Así, a través de la gestión de nuestros pensamientos, las emociones y la conducta conseguiremos los cambios cerebrales necesarios para conseguir que las reminiscencias negativas de nuestra evolución no nos impidan disfrutar del presente y sentirnos bien.

Aunque nuestro cerebro no esté diseñado para ser feliz, podamos ir modificándolo para conseguir una vida más plena.

La palanca para el cambio está en la profunda vocación hacia el aprendizaje, que ayuda a reinventarnos, a transformar nuestras conexiones neuronales y a revisar el tembloroso edificio que constituye nuestro “yo”.

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