Razones de tu optimismo ante el futuro

¿Cómo imaginas tu vida en los próximos cinco años?

Cuando eras pequeño probablemente imaginabas tu vida muy distinta a lo que hoy es en realidad.

Ya fuera porque eras víctima de los típicos convencionalismos o porque tenías demasiados sueños por cumplir, tal vez te imaginabas casado, con hijos y un golden retriever, millonario y con la carrera más exitosa del mundo.

Sin embargo, tienes de 30 en adelante y no has conseguido la mitad de las cosas que te propusiste o aún no consideras que te encuentras en tu máximo esplendor de bienestar.

¿Eres feliz?

Si tuvieses que puntuar tu vida presente con una escala del 0 al 10 (siendo 10 el máximo), ¿con cuánto lo harías?

Ahora imagina tu vida dentro de cinco años, ¿en qué número crees que te encontrarás?

Si tu puntuación futura es superior a la presente podría indicar que eres un pelín optimista.

Aunque tranquilo, porque según la investigación llevada a cabo por el premio Nobel de Economía, Angus Deaton, le sucede a personas de todo el mundo de diferentes edades.

La mala noticia, sobre todo si eres joven, es que probablemente tus proyecciones futuras te decepcionen.

Su análisis se basa en la recopilación de datos de 1,7 millones de personas de 166 países desde 2006 hasta 2016 para Gallup World Poll.

El hallazgo del investigador y su equipo fue que la gente suele tener la esperanza de que todo irá a mejor, aunque no siempre se cumpla.

El grupo de entre 15 a 24 años puntuó su vida presente con un 5,5, mientras que su futuro con un 7,2.

Deaton afirmó que hay una tendencia mundial al optimismo, a pesar de que la repetida evidencia demuestre lo contrario, pues “las personas predicen de forma sistemática pero irracional que estarán mejor dentro de cinco años”.

Aunque el experto contempla la posibilidad de que se trate de un problema puntual y que los jóvenes tengan razón y sus vidas mejoren, cree que es poco probable.

La razón de tanto optimismo

Según Sara Villoria, psicóloga de Nexo Psicología Aplicada y creadora de @PsicologiaRiot, si hay algo que nos cuesta es manejar la incertidumbre: “No sabemos qué va a ser de nuestra vida y es justo este sentimiento el que a veces nos genera una inquietud angustiosa”.

De ahí que para combatir este malestar solemos reaccionar anticipándonos a los acontecimientos o pensando en los futuros escenarios posibles: si la situación con nuestra pareja se arreglará, si en el trabajo irán las cosas mejor o incluso en si nuestra vida dará un giro inesperado y por fin saldrán adelante nuevos proyectos.

Es una cuestión de supervivencia

En nuestro lóbulo frontal la evolución ha colocado una máquina prodigiosa especializada en anticipar el futuro.

El optimismo es una actitud basada en la manera de percibir y evaluar una situación y sus probables resultados. El pesimismo también.

Generalmente, aprendemos cualquiera de las dos actitudes desde niños.

Lo hacemos, observando la forma de ser de nuestros padres y de otras personas próximas e importantes para nosotros.

Y escuchando sus comentarios ante cualquier problema.

Más adelante, nuestras propias experiencias refuerzan o debilitan esa actitud aprendida.

El optimismo nos ayuda a salir adelante en la vida, a resolver mejor nuestros problemas y a disminuir el sufrimiento.

El pesimismo nos limita, nos impide ver con claridad y objetividad el problema y su solución, aumenta el estrés y la preocupación y fácilmente se lo transmitimos a la gente que nos rodea.

No importa, cuál de las dos actitudes aprendimos siendo niños. Una vez que somos adultos, ambas son una elección personal.

Nadie puede obligarnos a ser optimistas, ni nadie puede impedirlo, es una opción personal. Mantenemos el pesimismo, con nuestra forma de pensar y de ver las cosas.

Si aprendimos a ser pesimistas, podemos aprender a ser optimistas

Por su parte, Villoria opina que pensar en el futuro con optimismo puede sernos de cierta utilidad.

No obstante, considera que puede tener una doble cara si no atendemos a lo que en realidad ocurre en nuestra vida.

No podemos fantasear continuamente ni aferrarnos a ideas de futuro como única realidad, puesto que podría indicar que tenemos dificultades para enfrentar o resolver situaciones presentes. No siempre se puede escapar ni evitar las complicaciones de nuestro día a día.

“Mirar nuestras ilusiones tiene un poder gratificante, pero quedarnos enredados en ellas puede resultar una dificultad a largo plazo para dirigirnos de una manera ajustada y realista.

La clave está en el equilibrio entre permitirnos soñar e imaginar, tener objetivos y planes de futuro y atender a lo que vivimos hoy, poder enfrentar problemas y lidiar con lo que aún está por venir”, sentencia la psicóloga.

Asimismo, Villoria considera que vivimos en una sociedad que exalta de manera constante la falsa búsqueda de la felicidad, algo que no siempre es posible:

“Esta gran mentira de la felicidad no solo se trata de un mito, sino que resulta una potente fuente de sufrimiento en el momento en el que uno comprueba que no llega a sus objetivos, se frustra y se viene abajo”.

La experta cree que la felicidad y el bienestar no se alcanzan solo cumpliendo metas, como si de adquirir un coche o una casa se tratase, sino que se encuentra en nuestra cotidianidad.

De la misma manera que hallaremos momentos de tristeza, frustración o soledad que también debemos aceptar.

“No podemos pretender vivir solo en una cara de la vida, como si la otra fuera mala o si fuera posible evitarla. La vida es todo”, concluye.

Tuneado de un artículo aparecido en La Vanguardia