Los grandes enemigos de la felicidad

Si entendemos la felicidad, ese concepto tan escurridizo, como el estado de equilibrio interno entre lo que soy, lo que quiero y lo que busco, convendremos que una vez alcanzado ese estado de homeostasis resultará muy difícil que algo o alguien nos desaloje de él, ¿verdad?

Sin embargo, determinados posicionamientos de nosotros mismos respecto a la interpretación de las circunstancias o eventos que nos rodean, pueden llevarse por delante ese estado de paz interna alcanzado cuando uno se acepta a sí mismo, sin renunciar a aprovechar opciones de mejora personal.

Debemos estar atentos y ser capaces de identificar los verdaderos enemigos que acechan nuestra felicidad.

Miedo

En nuestro cerebro, el tálamo recibe y clasifica toda la información externa que nos llega. Una parte de la información se envía a la amígdala (nuestro archivo emocional) y otra se envía al neocortex (el cerebro pensante y racional). Si la amígdala percibe que hay una coincidencia de la experiencia actual con una experiencia pasada que, por algún motivo, ha sido traumática y aún no superada, genera la conocida respuesta de lucha, parálisis o huida, haciendo que se active nuestro mecanismo de defensa frente a amenazas externas, el eje HPA.

El eje HPA (Hipotalámico-Pituitario-Adrenal), activa un conjunto de mecanismos fisiológicos que nos preparan para las situaciones críticas y tensas. Aumenta la respiración y el latido cardiaco, incrementa la tensión arterial y muscular…. De esta forma la amígdala impide que nuestro “cerebro pensante y racional” pueda actuar. En estos casos decimos que se ha producido un secuestro amigdalino de nuestra capacidad racional.

El miedo, entonces, se convierte en esa emoción que genera impotencia, la anulación de nuestra capacidad de expresar y actuar, la sensación que paraliza el pensamiento racional y discursivo.

Ansiedad

Se trata de la condición de una persona que experimenta una conmoción, intranquilidad, nerviosismo o preocupación. Para la medicina, la ansiedad es el estado angustioso que puede aparecer junto a una neurosis u otro tipo de enfermedad y que no permite la relajación y el descanso del paciente.

Si bien los síntomas físicos pueden llegar a coincidir, es preciso diferenciar entre Miedo, explicado anteriormente, que es una emoción más concreta, centrada en el presente y con una respuesta simple al estímulo que la provoca, de la Ansiedad, que es más subjetiva, centrada casi siempre en algo por llegar que se percibe como una amenaza, pero no se sabe definir. Está más orientada, pues, al futuro y a la necesidad de predecir y controlar los acontecimientos. Es, por tanto, una respuesta más compleja a algo más complejo.

La Ansiedad es una mala adaptación de un mecanismo evolutivo de supervivencia, como es la capacidad de anticipar del ser humano. La ansiedad aparece cuando nos obsesionamos con la predicción permanente de sucesos negativos (peligros) que afectarán de forma significativa a nuestra vida (considerados de vida o muerte) y sin asignarnos capacidad alguna de reacción por nuestra parte.

Pensamientos negativos o creencias limitadoras

A lo largo de un día, una persona no es consciente del elevado número de pensamientos que pasan por su mente. Algunos de estos pensamientos son madurados y meditados, sin embargo, también tenemos pensamientos que, teniendo una gran influencia en nuestro estado de ánimo, pasan como de puntillas por debajo de nuestro consciente.

Estos pensamientos automáticos tienen una intensidad notable y además pueden llegar a ser recurrentes. Un pensamiento automático suele ser breve y puede enviar un mensaje que ni siquiera es racional. Con frecuencia, estos pensamientos automáticos están vinculados con el pesimismo. Un ejemplo de pensamiento automático vinculado con la autoestima es: "No puedo", "no soy capaz". Una de las notas características de este tipo de ideas es su dramatismo, es decir, son ideas que describen la realidad en términos de extremos (visión de blanco o negro). La intensidad de estas ideas y su presencia frecuente en la mente del sujeto hacen que la persona tenga dificultades para poder controlar dichos pensamientos que tienen una gran fuerza mental y que roban una gran energía emocional.

Tenemos que aprender a detectar los pensamientos automáticos y gestionarlos, bloqueándolos y programando pensamientos de igual o mayor intensidad, pero en sentido positivo.

Ira

En un momento dado, la rabia nos puede ganar la batalla. Quejarse con ira o con enfado en exceso puede desautorizarnos, además de que tomar una decisión equilibrada y justa en esas condiciones se hace casi imposible, porque nuestra mente racional se encuentra bloqueada y se vuelve impulsiva.

Tenemos que aprender que el prójimo no es perfecto y eso es inherente al ser humano y al universo todo. Pensar en estos términos nos ayudará a controlar nuestra ira, a borrar de nuestro vocabulario la palabra “queja” y a sustituirla por “sugerencia”.

Jamás alcanzaremos un estado de relajación y paz interior mientras estemos secuestrados por la ira. En ese estado nuestro cerebro no dispone de energía para otra cosa que alimentar la furia, lo que provoca efectos adversos en nuestro organismo, sistemas cardiovascular, digestivo, inmunitario…

No saber perdonar

Ante lo que un sujeto considera una ofensa, las reacciones más características que encontramos son enfado, enojo y resentimiento, que son emociones que están conectadas con la hipertensión arterial y otras enfermedades como dolor de cabeza, indigestión, tensión muscular y calambres y en el aspecto psicológico apagan el espíritu y nos despojan de la energía positiva.

Quien se rehúsa a perdonar conserva en su fuero interno una carga de sentimientos negativos que provocan que el acto de la ofensa se prolongue más en el tiempo, que el rencor, el coraje y el deseo de venganza lleguen a dañar el cuerpo y el alma, porque provocan y crean emociones negativas que impiden el desarrollo sereno y equilibrado de una persona.

Perdonar consiste en un cambio de conductas destructivas voluntarias dirigidas contra el que ha hecho el daño, por otras constructivas. Por tanto, el proceso de perdón modifica los sentimientos hacia el ofensor.

Se ha demostrado científicamente que perdonar resulta una eficaz medicina, por ser una terapia que corta la relación que nos une al dolor. Su efecto positivo en la salud física y espiritual mejora nuestra calidad de vida en sentido general.

Dejar de juzgar ahorra mucha energía.