La neurociencia del dolor

El dolor es un enigma, lo que supone una paradoja, ya que, de alguna manera, todos sabemos qué es y sin embargo no es sencillo explicarlo o entenderlo.

Es posible pinchar a dos personas con la misma aguja, ejerciendo la misma presión sobre la misma zona del cuerpo y a las dos les dolerá, pero no de la misma manera.

Si decimos que el dolor es un estado de percepción, ¿esto significa, como en otros casos, que su condición es más subjetiva que objetiva?

El dolor, cuando sucede, se experimenta de una manera distinta a su posible realidad.

El dolor es una experiencia subjetiva, cultural y neurológica

Definirlo, encontrar palabras que puedan describirlo de modo universal, medirlo para conocer su gravedad, localizarlo en una resonancia magnética de forma inequívoca: todos son esfuerzos de la neurociencia para, en última instancia, diagnosticar y prescribir tratamientos que sirvan para disminuirlo.

Esa es la dirección a la que apuntan investigaciones recientes sobre la neurociencia del dolor.

A partir del caso de un médico militar estadounidense, David Linden, profesor de esta especialidad en la Universidad Johns Hopkins y autor de “Touch: The Science of Hand, Heart, and Mind”, observó cómo el cerebro humano es capaz de modular la experiencia del dolor a pesar de las circunstancias físicas de éste.

En 2003 Dwayne Turner se encontraba en Irak asistiendo a las tropas estadounidenses.

Un día su unidad fue asaltada y él recibió, primero, la explosión de una granada y poco después una bala le rompió el brazo.

Sin embargo, Turner asegura que nunca sintió dolor alguno, lo cual le permitió continuar administrando primeros auxilios a otros soldados y ayudarlos a ponerse a salvo.

El dolor para la neurociencia

Para la ciencia el dolor es un problema porque, aunque es un proceso fisiológico, dado su carácter subjetivo, presenta importantes dificultades para su objetivación.

Solo la persona siente su propio dolor y es muy difícil comunicárselo a los demás.

Si nos enamoramos, hay cientos de descripciones en la literatura, en la filosofía y en la música a las cuales recurrir para expresarlo, pero no así con el dolor que tiene mucho de indescriptible.

En las últimas dos décadas, la doctora Irene Tracey de la Universidad de Oxford, ha estudiado a miles de personas, sanas y enfermas, para desarrollar un panorama neurológico del dolor.

Ha estudiado el dolor normal de todos los días y también el dolor crónico.

En 1940 en la Universidad de Cornell se inventó el “dolorímetro”, una máquina generadora de calor.

El año pasado, científicos del M.I.T. desarrollaron un algoritmo llamado “DeepFacelift” que intenta calcular el dolor basado en las expresiones faciales.

Poner expresión al dolor

Las herramientas más útiles, sin embargo, siguen siendo las sensaciones que refieren los sufrientes.

En los años cincuenta, Ronald Melzack, comenzó una colección de las palabras más utilizadas por los pacientes, organizándolas en categorías, en un intento por capturar las dimensiones temporales, sensoriales y afectivas del dolor, así como su intensidad.

El resultado se publicó dos décadas después con el nombre de “Cuestionario del dolor de McGill”, aunque la subjetividad parece insuperable: lo que para alguien puede describirse como agonía para otro puede ser solo desdicha.

Joanna Burke escribió “La historia del dolor” y en su intento por traducir el cuestionario encontró que el contexto cultural modifica el lenguaje y también la percepción.

La dimensión del dolor

La escala más utilizada hoy en día es numérica: del 0 al 10, para acomodar diversos grados en la sensación de dolor.

Evaluar el dolor como parte de la práctica médica ha incidido en el aumento de las recetas de opioides que es una de las adicciones contemporáneas más graves.

Sin una medida confiable del dolor, los médicos no pueden estandarizar los tratamientos ni evaluar su idoneidad.

Las dimensiones del dolor siguen siendo un misterio y el problema es circular: el dolor es difícil de describir de modo objetivo porque la comprensión de su biología es pobre y viceversa.

El dolor en el cerebro

Si no sintiéramos dolor sería un desastre para nuestra integridad y para la salud.

No nos daríamos cuenta de que tenemos una infección en el oído que podría dejarnos sordos, o una cornea lastimada, o nos quemaríamos, o caminaríamos con una pierna rota.

Otras percepciones sensoriales como el tacto, el gusto, el olfato, el oído y la vista han sido localizados en área específicas del cerebro.

No así con el dolor, porque aún no se sabe con exactitud cómo el cerebro construye esta experiencia.

Tom Wager, un neurocientífico de la Universidad de Boulder, publicó un algoritmo que reconoce cerebros experimentando dolor (y con qué intensidad) con un 95% de precisión.

Encontró que la región posterior dorsal de la ínsula está consistentemente activa mientras el dolor persiste.

“Es una pequeña isla de corteza escondida en la mitad profunda del cerebro”, describe Tracey.

Tracey encontró que la distracción reduce la percepción del dolor (sirve ocuparse en otra cosa, escuchar música o hacer cálculo mental para reducir la sensación de dolor).

En 2007 se encontró el patrón cerebral del dolor, producido por un conjunto de regiones neurológicas que intervienen durante la experiencia dolorosa (por lo menos 6).

El dolor más complejo es el crónico, que no disminuye ni se quita y se convierte en una enfermedad en vez de un síntoma.

Las emociones y el dolor

Las emociones son otro factor que debe tomarse en cuenta en la experiencia del dolor.

Si, por un lado, hay todo un sistema del cerebro dedicado a procesar las sensaciones doloras, el sistema que procesa las emociones puede involucrarse para dar a estas un significado completamente distinto.

Según Linden, emociones como la tranquilidad, la seguridad y la empatía pueden hacer que un dolor se sienta menos, o más si a este se asocian las emociones negativas opuestas (como sucede, por ejemplo, en la tortura).

Tracey investigó también los efectos de la depresión en la percepción del dolor.

La gente deprimida reporta sentir más que personas no deprimidas frente a los mismos estímulos (la depresión hace que todo se sienta y se interprete mucho peor de lo que es).

También estudió el impacto de la fe religiosa en el dolor.

Los católicos reportaban menos dolor que los ateos cuando se les mostraba una imagen religiosa: las actitudes culturales pueden tener un impacto neurológico.

Los pacientes con dolor crónico sufren típicamente de anhedonia, la discapacidad para experimentar placer, sugiriendo que el centro de recompensa del cerebro está afectado.

El dolor es una prioridad en la investigación y el placer es el otro lado de la moneda.

Estos son los dos impulsos que nos guían como animales a hacer o dejar de hacer lo que hacemos.

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