La fuente de las emociones

Vivimos inmersos en un mundo de estímulos, de sensaciones. Percibimos constantemente estímulos físicos: el frío al esconderse el sol, el sabor de un alimento, el calor del fuego o el resplandor de la luz reflejada en un lienzo blanco.

Pero, además, existen otros estímulos, que sentimos incluso más intensamente que éstos, pero que no son el resultado de sucesos físicos: el placer de un buen café, el miedo a un insecto desconocido, el enfado contra el jefe, la felicidad ante el reencuentro de viejos amigos, la tristeza al dejar atrás un amor de verano.

Todas estas sensaciones son físicas, podemos percibirlas en las manos, el estómago, la boca, pero las del segundo tipo son especiales. Estas sensaciones “especiales” son las emociones.

Las emociones son el resultado de la evolución del Sistema Nervioso, son algo biológico. De este modo, amar, estar feliz o triste, enfadarse, sentir miedo, sorprenderse o sentir asco, son procesos puramente biológicos. Tanto es así, que estas emociones primarias tienen sus correspondientes expresiones faciales que son comunes a todos los seres humanos y sirven como un primitivo mecanismo de comunicación no verbal. Pero esto también significa otra cosa, que el origen de las emociones se ubica en un lugar físico, y ese lugar es el Sistema Límbico.

El centro que da origen a nuestras emociones surgió hace millones de años. El Sistema Límbico es una de las partes más antiguas del cerebro en términos filogenéticos y evolutivos. Los primeros vestigios aparecen en los peces y es una estructura que los mamíferos compartimos con los reptiles

No en vano, Daniel Goleman, uno de los psicólogos más famosos de los últimos años creador del best-seller internacional "Inteligencia Emocional" (1995), dijo:

“[…] En suma, nos vemos obligados a afrontar los retos que nos presenta el mundo moderno con recursos emocionales adaptados a las necesidades del pleistoceno“.

He aquí el auténtico problema de nuestras emociones. Surgen en un mundo muy distinto al nuestro, un mundo donde no se pensaba -matar al jefe es un acto ilegal o inmoral-, sino que se mataba o se huía. Tenemos dos mentes, una mente que piensa y otra que siente. Pero ambas son imprescindibles para poder vivir en el mundo, e interactúan para construir nuestra vida mental. Normalmente, ambos sistemas funcionan conjuntamente en colaboración, donde la emoción da forma a la razón y la razón ajusta e incluso censura la emoción.

Pero hay veces en las que esta perfecta coordinación se rompe, y cuando esto sucede la emoción es más fuerte que la razón, la desborda y toma el control de nuestra vida. Daniel Goleman lo llama secuestro emocional.

En esos momentos, el Sistema Límbico declara el estado de emergencia y toma el control de todos los recursos del cerebro sin que el neocortex (la parte pensante del cerebro propia de los mamíferos y más desarrollada en los humanos) tenga tiempo de percibir la situación y mucho menos de encontrar una respuesta adecuada.

El golpe de estado neuronal se origina en la Amígdala cerebral (no confundir con la Amígdala palatina, que se inflama cuando sufrimos anginas).

R. Joseph, famoso neuropsicologo, escribe sobre un joven al que la ausencia funcional de la Amígdala le impedía todo reconocimiento de los sentimiento propios y ajenos, y aunque otros autores constatan que en realidad quedan algunos vestigios de emoción, estos no son ni de forma remota lo que denominamos habitualmente como sentimientos.

Entonces surge la pregunta, ¿cómo es posible que la Amígdala cerebral tome el control de nuestros actos? LeDoux, autor de "El cerebro emocional", descubrió que la Amígdala cerebral actúa como un “policía” neuronal. Las vías neuronales procedentes de los ojos y los oídos llegan al Tálamo, y de ahí, surgen dos vías distintas, una que va hacia los respectivos núcleos en el neocortex, y otra, más corta, que va hacia la Amígdala cerebral. Esto significa que toda la información sensorial llega antes a la Amígdala que a la zona pensante del cerebro, de modo que surgen antes los sentimientos sobre los sucesos ambientales que los pensamientos.

De esta forma, si la Amígdala detecta que es necesario entrar en acción no esperará al lento y más informado neocortex.

En un experimento concluyente, LeDoux lesionó el córtex auditivo de ratas, a pesar de lo cual consiguió condicionarlas a un sonido que iba seguido de una descarga eléctrica. Las ratas no escuchaban la señal acústica porque el lugar del cerebro que interpreta estas señales estaba destruido, sin embargo, aprendieron a evitar las descargas, dado que las vías auditivas desde el oído hasta el Tálamo, y de ahí a la Amígdala estaban intactas. La Amígdala percibía, recordaba y controlaba el miedo al sonido (una respuesta emocional condicionada) de forma independiente al cerebro consciente.

Por lo que, la Amígdala analiza todas las entradas sensoriales y cuando detecta una pauta sensorial determinada, que tiene catalogada como urgente, no intenta de ningún modo confirmar su percepción, sino que dispara una respuesta. De esta forma desborda la capacidad de actuación del neocortex y toma el control de nuestros actos, nos secuestra.

En estas situaciones podemos llorar sin parar, insultar a personas a las que amamos, golpear e incluso ensañarnos con otro ser humano, saltar al agua para rescatar a alguien sin ser conscientes siquiera de que hemos saltado o reír sin control.

En definitiva, nos encontramos inmersos en una vida emocional que puede desbordarnos si no aprendemos a vivirla adecuadamente.