Genes, alimentación y salud

¿Tienes comidas favoritas y otras que no pruebas nunca? ¿La miel te resulta excesivamente dulce o los chiles insoportablemente picantes? ¿Frecuentemente te apetece atacar la tableta de chocolate y no lo puedes evitar? Todo ello tiene una explicación.

Las preferencias por las diferentes comidas varían de persona a persona y se originan a partir de una combinación de 3 factores: el entorno (tu salud, dieta e influencias culturales), las experiencias previas y los genes, que parecen ser los responsables de alterar tu percepción de los diferentes sabores, asegura Nicholas Archer, investigador en ciencias del consumo de la Organización de Investigación Científica e Industrial de la Commonwealth (CSIRO).

El científico explica, a través de la publicación de un artículo en The Conversation, que la comida que ingerimos es detectada a través de receptores sensoriales especializados ubicados en la nariz y lengua, que son sumamente precisos en la detección de nutrientes y aromas.

Durante el proceso que denominamos comer, el cerebro combina las señales que recibe de los receptores del sabor y del olfato para formar un gusto, en el que además inciden otras características, como el picor que produce la pimienta, el frescor de la menta o la textura característica del yogur.

Disponemos de unos 35 receptores especializados en detectar los sabores dulces, salados, amargos, ácidos, el umami (sabor agradable) y los sabores grasos.

Adicionalmente, contamos con 400 receptores para detectar los aromas, y las proteínas de los receptores se producen a partir de ciertas "instrucciones" codificadas en nuestro ADN, que varían para cada individuo en concreto.

Comprender la influencia de los genes en las percepciones del sabor es clave para personalizar los productos y ajustarlos específicamente a tus necesidades, adaptar las dietas para perder peso ingiriendo comidas agradables para el paladar.

La genómica nutricional es una parte de la genética que estudia la interacción entre el alimento y el genoma humano, de forma que obtengamos una serie de recomendaciones o pautas a seguir que nos ayuden a prevenir ciertas enfermedades o bien a tratarlas. Dentro de la genómica nutricional se distinguen dos términos:

Nutrigenética

Estudia el efecto de la variación genética en la interacción dieta y enfermedad, es decir, busca las variantes genéticas responsables de una determinada reacción dieta – enfermedad. Por lo tanto, su principal objetivo es establecer una serie de recomendaciones nutricionales basadas en la predisposición genética de cada paciente. Es lo que comúnmente se denomina como “nutrición personalizada”.

Nutrigenómica

Es lo contrario a la nutrigenética. La nutrigenómica es el efecto que los nutrientes ejercen sobre el genoma. Para entender esto debemos abrir nuestra mente y ser capaces de comprender que los alimentos que tomamos pueden modular la expresión de determinados genes.

Nuestras preferencias y comportamientos alimenticios vienen determinados por las variantes que portemos de los genes que regulan el funcionamiento cerebral.

¿Alguna vez has tenido la tentación de comer un alimento que sabes que no te sentará bien? Y ante esta situación, ¿alguna vez has acabado sucumbiendo a esta tentación, por poco saludable que sea? Seguro que sí.

Pero no tienes que mortificarte por ello. Y no solo porque le suceda a todo el mundo, sino porque es muy posible que no todo se explique por una falta de fuerza de voluntad.

Y es que como muestra un estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), la razón para sucumbir a la tentación la podemos encontrar en nuestros genes.

En función de las variantes que portemos de los genes que regulan el funcionamiento de nuestro cerebro, así serán nuestras preferencias y comportamientos alimenticios.

Silvia Berciano, directora de investigación lo explica en el marco de las Sesiones Científicas 2017 de la Sociedad Americana de Nutrición (ASN) que se están celebrando en Chicago (USA), «la mayoría de las personas tienen auténticos problemas para modificar sus hábitos dietéticos, incluso en aquellas situaciones en las que saben que sería lo más adecuado para sus intereses. Esto es así porque nuestras preferencias alimentarias y nuestra capacidad para seguir un plan afectan a lo que comemos y a nuestra capacidad para adherirnos a los cambios en la dieta».

Prosigue la Dra. Berciano diciendo que, «el nuestro es el primer estudio en describir cómo los genes del cerebro afectan a la ingesta de alimentos y a las preferencias dietéticas de un grupo de personas sanas».

A día de hoy ya se sabe de la existencia de genes implicados en distintos trastornos alimentarios como la bulimia o la anorexia.

Sin embargo, el conocimiento sobre cómo las diferentes variantes genéticas pueden influir en los comportamientos dietéticos de la población ‘sana’ es muy limitado.

Pero, ¿qué son estas ‘variantes genéticas’? Pues las pequeñas diferencias que se encuentran del ADN que conforma cada gen, lo que hace que cada individuo sea único –incluso los consabidos gemelos homocigotos, dado que también presentan variaciones, aun mínimas, en su genoma.

Por ejemplo, el gusto por una elevada ingesta de chocolate se asocia a ciertas variantes del gen que expresa el receptor de la oxitocina.

Por su parte, un gen asociado a la obesidad juega un papel determinante sobre nuestra preferencia –o repulsión– por las verduras y los alimentos ricos en fibra.

Y, de igual forma, los investigadores también han identificado ciertos genes específicos implicados en la ingesta de sal y grasas.

Así, los resultados, más allá de ayudarnos a tranquilizar nuestras conciencias, pueden tener una gran utilidad en el desarrollo de nuevas estrategias que faciliten la adherencia de cada persona a su dieta más óptima.

Es más, los nuevos hallazgos posibilitarán el diseño de dietas más precisas que ayuden a minimizar el riesgo que presenta una persona de desarrollar enfermedades comunes y potencialmente mortales como las cardiovasculares, la diabetes o el cáncer.

En resumen, la próxima vez que se te pegue la nariz al escaparate de la pastelería mirando un apetitoso trozo de tarta, échele la culpa a tus genes.

Pero, ¡no dejes de acudir a tu cabeza para superar la tentación!