Frustración superada = Felicidad reforzada

Podemos considerar la frustración como un sentimiento negativo provocado por la imposibilidad de conseguir algún objetivo que deseamos con ahínco, es decir, que ponemos nuestro empeño en conseguir. Comprendida de esta manera, es fácil entender que la frustración es una reacción natural (no queremos decir sana).

Es decir, es perfectamente comprensible que nos sintamos frustrados si después de muchos meses de estudio no ganamos la oposición que nos permite alcanzar un puesto de trabajo vocacional.

Solo nos encontraremos ante la necesidad de gestionar un problema si no aprendemos a manejar la frustración y esta emoción se apodera de nuestra vida, nos llega a obsesionar y la convierte en un verdadero infierno de desesperanza, amargura, resentimiento y todas las otras emociones negativas que seamos capaces de añadir.

Y la peor consecuencia no es que esta emoción nos genere un poso de amargura y nos genere un sentimiento permanente de incomodidad, sino que la frustración se instale en nuestro ánimo y se convierta en una máquina de generar dudas internas.

Si esto nos llega a ocurrir, nos veremos sometidos a un proceso de degradación en que primero comenzaremos preguntándonos si “¿seré capaz de conseguirlo la próxima vez?”, para después pasar a rumiar una afirmación dubitativa “probablemente vuelva a fracasar”, para proseguir con una afirmación concluyente que pone fin a nuestros propósitos y nos conduce a la anhedonia absoluta “seguro que no lo lograré, no lo volveré a intentar, soy un fracasado”.

Llegados a este punto, ¿Cómo salir de este círculo vicioso?

Recordemos que las emociones son un termómetro que nos informa de que algo no va bien, de que tenemos que introducir algún cambio en nuestras rutinas. La frustración nos dice que algo ha salido mal, que nos hemos esforzado y no hemos conseguido el premio buscado, pero en ningún caso nos está diciendo que debamos abandonar el proyecto.

¿Cómo superar la frustración?

La respuesta está en la aceptación. Básicamente, un individuo frustrado es alguien que suele atesorar muchas cuentas pendientes con su pasado, que además ha profundizado poco en el conocimiento de sí mismo, o incluso que, conociéndose suficientemente, no llega a aceptarse tal y como se ve.

Tolerar la frustración

Decimos que una persona tiene un alto nivel de tolerancia a la frustración cuando, ante un fracaso, es capaz de persistir en su empeño y no abandona, no tira la toalla.

Por el contrario, las personas con bajos niveles de tolerancia a la frustración tienden a abandonar a la primera dificultad, sentir desesperanza, ansiedad, angustia, presión y apatía ante los errores.

Trabajar la tolerancia a la frustración es fundamental. La tolerancia está relacionada con el tiempo que tardas y la forma en que reaccionamos a la presión, a la ansiedad y al estrés que experimentamos cuando las cosas no salen como esperamos y deseamos y para lo que hemos trabajado duro.

La tolerancia permite aprender a superarnos y pensar de forma divergente, creativa. Nos hace más fuertes y resistentes ante la adversidad y nos prepara para ser más competitivos en una sociedad altamente competitiva. Formamos parte de una especie de conjura de la inmediatez. Estamos acostumbrados y contribuimos activamente a una cultura en la que las cosas se quieran ya: información a un click, citas ya, contestación a un whatsapp inmediata, al teléfono y a los correos electrónicos al segundo…

Cuando esta inmediatez no se cumple, sentimos que estamos perdiendo el tiempo, no tenemos paciencia, y es porque la tolerancia a la frustración no la hemos entrenado.

En el otro extremo, también es importante que aprendamos a aceptar nuestras limitaciones. Porque es importante esforzarse por lograr un objetivo, pero, en ocasiones, llega un punto en que también es sano abandonar o, si se prefiere, replantearnos nuestras metas adoptando una perspectiva más realista acorde a nuestros medios y cualidades.

En consecuencia, es una buena estrategia entrenarnos para mejorar nuestra tolerancia a la frustración, ya que antes o después, será una emoción que llegaremos a experimentar y será bueno para nosotros que, llegado ese momento, nos encuentre preparados: Aquí te aportamos algunas pistas que te pueden servir de ayuda.

Reconocimiento de los límites

Es fundamental tener en cuenta cuáles son nuestras limitaciones, y hasta dónde podemos lograr lo que nos planteamos. Existen también obstáculos externos que no dependen de nosotros.

Aceptación

Evita poder excusas, volver sobre la situación o imaginarte otros desenlaces. Debes aceptar la realidad. No te quedes en el mundo del victimismo. Deja de hablar de lo mal que te sientes, de lo injusto que es el mundo que no te premia después del esfuerzo. Háblate en positivo. Valórate.

Evita pensar recurrentemente en la situación

Pensar una y otra vez lo que sucedió no va a cambiar la situación. Debes tratar de seguir adelante y aprender de ello. No sobrevalores lo que sientes cuando no consigues lo que deseas, es normal sentirte mal. Entiende tu emoción; háblala: “es normal sentirme así, y sé que lo superaré”.

Cuenta con tus seres queridos

Cuando sientas que te enfrentas a una situación que te genere frustración, habla con tus seres queridos acerca de cómo te sientes. Ellos te brindarán su apoyo, y tal vez, te muestren aspectos que tu no habías considerado.

Flexibilidad

Cuando tenemos expectativas, objetivos o deseos, tenemos que tener en cuenta los diversos rumbos que estos pueden tomar. Debes estar preparado para las diferentes cosas que puedan ocurrir, no debes aferrarte a una única opción. Confecciona tu plan de acción de cómo vas a hacer para conseguir tu reto. Y no olvides definir también tu plan de riesgos, toma nota de posibles problemas que puedas tener y lo que harás para prevenirlos o solucionarlos.

Ajusta las expectativas

En ocasiones el fracaso no ha sido problema de estrategia equivocada, sino de falta de tiempo, preparación o dedicación, repite e insiste. A veces los objetivos requieren más esfuerzo del que pensábamos en un principio. Podemos no ser conscientes de su nivel de dificultad hasta que nos enfrentamos a ellos.

Pide ayuda si la necesitas

Si tienes que pedir ayuda o consejo, no lo dudes. No eres menos capaz por ello. Siempre hay personas generosas que aportarán algo a tu camino, personas que ponen su experiencia al servicio de los demás sin temor. No lo olvides y sé agradecido, porque son parte de tu vida y tus retos. Y de tus logros

Aprende de los errores

No debes culparte por lo que sucedió, por el contrario, debes aprender de la experiencia y de este modo sacarle el mayor provecho posible. Busca soluciones alternativas. Indaga las causas del traspié. Hazte preguntas del estilo “¿por qué no lo logré?”, “¿qué puedo hacer de forma diferente?”. Recuerda que repetir las mismas acciones esperando diferentes resultados no es inteligente. Planificar de otra forma o buscar un plan alternativo puede ser la solución.

En muchas ocasiones, es aquello que nos limita a la hora de conseguir nuestros objetivos, lo mismo que en otras ocasiones, nos ayudará a conseguirlo.

Es decir, focalizar la atención, poner ilusión, tener muchas ganas, e incluso la impaciencia por conseguirlo, en ocasiones son buenos componentes para conseguirlo, sin embargo, en otras ocasiones, esto mismo, genera frustración porque las cosas no ocurren en correspondencia a lo que deseamos, tal y como lo habíamos deseado y proyectado. Y éstos mismos ingredientes, pueden obstaculizar, ralentizar o bloquear la meta, pareciendo que ésta no va a llegar nunca.

Cuando conseguimos aceptar la realidad en la que vivimos, también conseguimos cambiarla, ya que, cuando aceptamos que no todo se puede conseguir, la frustración desaparecerá y estaré en condiciones de poder buscar y encontrar otras vías para ser feliz.

De ésta forma, dando paso a otros sentimientos como la aceptación, la comprensión, la tranquilidad, seguiremos caminando hacia nuestros sueños, sintiéndonos felices, tanto por el camino recorrido como por todo lo conseguido.

Aceptar y vivir felizmente la vida, supone reconocer que las cosas no ocurren cuándo y cómo hubiéramos querido, y aceptar “desde la normalidad” los nuevos caminos no esperados que nos van surgiendo, puede conducirnos a vivir una vida siempre plena.