Enfermedades de la Civilización

En las dos primeras décadas del SXX la mortandad de la población debido a ataques de corazón o cáncer rondaba el 20%. En la actualidad, por estas mismas causas la mortandad se sitúa en el 70% (Bien es cierto, que ahora somos capaces de determinar con más acierto casi todos los tipos de cáncer, situación que hace 100 años no siempre era posible).

Nuestro organismo es el mismo que el de hace, digamos, 200 años. No ha habido tiempo suficiente para que nuestra genética se adecúe a los inmensos cambios que ha sufrido nuestro tipo de vida.

Mejoras “tecnológicas” que hoy nos parecen aspectos rutinarios de nuestra existencia, que incluso ni siquiera reparamos en ellas como, por ejemplo, la luz eléctrica, el teléfono, el coche, la nevera… han provocado cambios radicales en nuestra forma de vida. En nuestros retos vitales.

Sin embargo, nuestro organismo sigue siendo el mismo y lejos de adaptarse a esta nueva forma de vida, sufre y se enferma.

Ahora hacemos muchas cosas, pero casi no nos movemos; mientras que antes, nos movíamos mucho para hacer prácticamente nada (en términos de nuestra mentalidad actual).

Incorporaciones a nuestra vida cotidiana como la luz eléctrica han supuesto una revolución de alto impacto para nuestro organismo.

De desarrollar una actividad que fundamentalmente se acompasaba al ritmo de la luz solar, lo que, por ejemplo en invierno y en nuestras latitudes, prácticamente suponía 10 horas de actividad al día, nos hemos transformado en agentes activos durante prácticamente 16 horas diarias, no importa que estemos hablando de invierno o verano, lo que supone aproximadamente un 60% más de actividad.

Si nos fijamos en un elemento habitual en nuestros hogares como una nevera/frigorífico, esto supone una transformación radical en nuestros hábitos de vida, ni más ni menos que en la parcela dedicada a nuestra alimentación. De tener que preocuparnos diariamente por conseguir nuestro sustento (ya no hablo de salir a cazar), con la actividad física, a veces vigorosa, que eso suponía en uno o varios miembros del grupo o familia, hemos pasado a disponer de forma prácticamente permanente de vituallas a libre disposición en cualquier momento del día. Este cambio que nos pasa prácticamente desapercibido, ha alterado de forma sustancial tanto nuestro régimen de vida alimenticio como nuestra pauta de conducta física, con los sensibles impactos que podemos comprobar en nuestros cuerpos, aún sin necesidad de acudir a analíticas en busca de niveles de colesterol o triglicéridos.

La nueva dieta que la civilización nos acarrea se basa en alimentos que pueden ser fácilmente transportados (cereales, harinas y arroz refinados, azúcar…). Tras la adopción de tal dieta, sólo era cuestión de tiempo que, en nuestro cuerpo inadaptado, aparecieran nuevas enfermedades: cáncer, diabetes, enfermedad cardiovascular, úlceras, hemorroides, caries…

Podemos hablar en igual o parecidos términos de una vida tranquila, aunque con importante exigencia física, y que gira alrededor del ritmo que marcan las estaciones que regulan la agricultura como medio de vida y de sustento más habitual, que se ha visto transformada en una dictadura de la agenda y del reloj que nos recuerdan permanentemente unas obligaciones que, en la mayoría de las ocasiones no alcanzamos a comprender muy bien (ni siquiera nos lo planteamos), y que desde luego están muy lejos de permitirnos poner el foco en los aspectos que realmente resultan importantes en nuestra existencia.

El resultado es un alto nivel de estrés permanente que nuestro organismo no resuelve adecuadamente (no está preparado) y, por tanto, enferma.

En definitiva, nuevas enfermedades han ido floreciendo en el último siglo a modo de brote epidémico, y ha ido aumentando su incidencia a medida que ha aumentado el índice de industrialización.

Por este motivo las denominamos “enfermedades de la civilización” o enfermedades del estilo de vida o del progreso.

No nos debe sorprender, por tanto, que las principales enfermedades de la civilización occidental sean:

  • Enfermedades metabólicas y endocrinas, como el sobrepeso y la obesidad, la diabetes, el síndrome metabólico, la osteoporosis...
  • Enfermedades cardiovasculares, como el infarto de miocardio, la aterosclerosis, la hipertensión arterial...
  • Enfermedades digestivas, como la enfermedad inflamatoria intestinal, la úlcera de estómago, el estreñimiento, los dolores abdominales…
  • Las enfermedades neurológicas y psiquiátricas, como el síndrome de Alzheimer, el síndrome de híper-actividad con déficit de atención, los trastornos de ansiedad, depresivos y del estado de ánimo…
  • Trastornos degenerativos e inflamatorios, como el cáncer, las artritis, las artrosis, la insuficiencia renal crónica…
  • Las enfermedades alérgicas, como el asma bronquial, las rino-conjuntivitis, las urticarias…

Todas estas patologías suponen una queja del cuerpo ante su incapacidad para hacer frente a una alimentación y tipo de vida para el que no está preparado. No ha tenido tiempo suficiente de evolución, de adaptación. Debemos considerar los primeros síntomas como mensajes que el cuerpo nos envía para alertarnos de que algo no estamos haciendo bien. Estamos sobrepasando sus límites. Oigamos sus mensajes. Cuidemos nuestro cuerpo. En la salud. Seamos coherentes.