El calor humano

Una enfermera me contaba hace poco que, durante la noche, cuando la oscuridad y la quietud reinan en el hospital, algunos pacientes suelen demandar atención de manera repetida.

Refieren diferentes tipos de malestar o necesidades que ella procura resolver.

Sin embargo, la experiencia le dice que detrás de esos síntomas puede esconderse una necesidad de contacto.

La soledad de la noche favorece que emerjan temores e inquietudes.

En esos momentos una caricia, una mirada atenta, coger la mano o acercarse a la cabecera de la cama a escuchar surte a menudo un efecto calmante inmediato.

Generalmente le damos poca importancia a estas “medicinas” gratuitas, pero establecer un contacto cercano y cálido con otra persona depara grandes beneficios tanto para la salud física como mental.

Diversos estudios demuestran que la ternura y el tacto ayudan a disminuir el estrés, la ansiedad y el dolor.

No en vano es bien conocido el efecto analgésico que puede tener para un niño el beso de su madre.

Calor humano

Desde el momento mismo del nacimiento se busca instintivamente ese calor humano.

Sin alimento un bebé no podría sobrevivir, pero sin afecto tampoco.

Ya de adultos, además de satisfacer unas necesidades fisiológicas básicas, existe una necesidad igualmente importante: sentir proximidad afectiva.

Es posible conectar con otra persona a través de la mirada, la palabra y la escucha, el tacto e incluso el gusto y el olfato.

Los sentidos abren una puerta que favorece la comunicación.

No obstante, a pesar de necesitarlo y desearlo tanto, el contacto profundo y genuino no abunda.

Virginia Satir, pionera de la terapia familiar, solía decir: “El contacto afectivo es a las relaciones como la respiración al mantenimiento de la vida”.

Los neurólogos insisten en que los seres humanos, igual que las neuronas, necesitan estar conectados, y que su bienestar depende de las redes de relaciones en las que están integrados.

No en vano el aislamiento social se asocia con una mayor incidencia de problemas cardiovasculares, depresión, dolores musculares y deterioro de la memoria.

Mientras que en recientes estudios con pacientes de cáncer se ha demostrado que las relaciones afectivas constituyen un claro factor protector a la hora de afrontar la enfermedad.

Una tragedia de nuestra sociedad es la gran cantidad de personas que están solas o se sienten solas sin que eso constituya una opción personal.

Podemos estar conectados con millones de individuos a la vez a través de las redes sociales, pero escasea el contacto real.

A pesar de encontrarnos en la era de la comunicación, faltan herramientas para establecer relaciones en las que se conecte de forma auténtica con el otro.

en cualquier momento

Acabamos de disfrutar de unas fechas especiales.

Las fiestas navideñas pueden producir tanto ilusión como pavor.

Las personas que se encuentran en duelo, por ejemplo, a menudo sienten la necesidad de suprimir la Navidad, de huir a algún lugar lejano para no sentir tanto la ausencia, o bien intentan hacer como si no hubiera pasado nada, mostrando fortaleza e intentando que la emoción no se desborde.

Tanto si nos encontramos en un momento feliz o difícil, tanto si nos gustan o no estas fiestas, es posible verlas como una oportunidad para experimentar el beneficio del contacto.

Podemos nutrirnos de este bálsamo emocional al escuchar y ser escuchados, al mirar y ser mirados, al tocar y ser tocados…

Estas fiestas “tan entrañables” ya han pasado, pero en cualquier momento podemos elegir entre la distancia, la desconexión, o ir más allá de nuestras fronteras para conectar con la realidad del otro.

Cuando fluye este calor humano las defensas artificiales que levantamos se aflojan y podemos sentirnos próximos y reconfortados.

Tenemos a nuestro alcance un recurso sumamente económico a la par que efectivo: establecer contacto humano.

Las caricias, las palabras, las miradas… no solo aportan consuelo, alivio, ternura, atención, afecto, sino que tienen la capacidad de transformarnos, haciéndonos sentir mejor y enriqueciendo nuestra experiencia.

Tuneado de un artículo de La Vanguardia
Escrito el 5 de enero de 2018
Autor: Cristina LLagostera

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