El algoritmo de la felicidad

El catolicismo asume con naturalidad una realidad cierta: en esta vida nunca se alcanza un estado de completa felicidad. El premio gordo aguardaría en el más allá. Pero en Estados Unidos siempre han sido más optimistas –o ilusos– que en nuestro viejo orbe latino.

Thomas Jefferson, el formidable político ilustrado, ya incluyó en la Declaración de Independencia de 1776 el "derecho inalienable" a la búsqueda de la felicidad. Hoy divagar sobre el concepto está de moda en el mundo anglosajón, con profusión de libros y la celebración en Miami de la primera Cumbre Mundial de la Felicidad.

Mo Gawdat, egipcio nacionalizado estadounidense, es un informático muy brillante, que a sus 46 años ocupa un alto cargo en Google. Calvo, barbado y camisetero, como obliga el uniforme de Silicon Valley, Mo es un tío importante, que tenía mujer y dos hijos y está forrado. Le fascinaban las berlinas de lujo y con el pastizal que ganaba hacía colección: dieciséis en el garaje. Ha contado que en un arrebato online se compró dos Rolls-Royce de una tacada, "pero fue solo una chispita de placer". Veía su careto en el espejo y contemplaba "a un infeliz". Así que se lanzó a investigar la ecuación de la felicidad permanente, que llamó el "algoritmo de la felicidad" y dio pie a un "best-seller". Su fórmula reza así: "La felicidad es igual o mayor que la diferencia entre el modo en que tú ves los acontecimientos de tu vida menos tus expectativas sobre cómo debería ser tu vida".

Tras ese galimatías facilita varias conclusiones, como que las grandes ciudades reducen la felicidad. Explica que la dicha está dentro de uno y no fuera y que los seres humanos somos felices por defecto, como demuestra que un niño con sus necesidades básicas atendidas suele estar siempre contento. Recomienda no preocuparse por lo que todavía no ha ocurrido; se abona el viejo "carpe diem": para ser felices hay que vivir en presente. También es de gran ayuda el amor incondicional de tus seres queridos.

Por muy figura de Palo Alto que sea, tampoco es que Mo haya descubierto la rueda. El budismo lleva desde el siglo IV a.C. recomendando lo mismo: evitar todo anhelo para alcanzar el nirvana. Locke ya señaló cuatro siglos antes que Mo que "la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias".

Erasmo de Rotterdam, en una frase que luego repetiría Tolstoi, explicaba que "la felicidad consiste principalmente en conformarte con tu suerte y no querer ser lo que no se es".

A veces la realidad desborda la sensata lógica de los manuales. Mo vio su algoritmo de la felicidad sometido a una prueba horrible. Su hijo Ali, de 21 años, al que consideraba su mejor amigo, murió en una rutinaria operación de apendicitis. El ensayista asegura que su algoritmo lo ayudó a sobrellevar el drama, uno de los peores que puede vivir un ser humano. Incluso sostiene que llegó a sentir "una cierta paz e incluso felicidad por el mero hecho de que al menos lo tuvimos en nuestras vidas". Poco después de aquel golpe se divorció. De nuevo se consoló con las matemáticas: el 62% de los matrimonios se rompen tras la muerte de un hijo, recordó.

Mo ha vendido casi todos sus coches y ha aterrizado. "Visto una camiseta de 19 dólares y soy muy feliz, algunas veces es una de Pink Floyd y entonces todavía lo soy más", bromea. Pero por muy new age y estupendos que nos pongamos, es imposible salir de la muerte de un hijo y de un divorcio sin muescas de dolor. Sin duelo no seríamos personas. El algoritmo de la felicidad, como todo lo humano, se torna así falible y quebradizo. Inane ante las últimas preguntas.

Publicado en ABC
El 16.04.2017
Autor: Luis Ventoso